“… pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).
El cálido sol de
Palestina irradiaba sobre la mujer samaritana y sobre el Salvador del universo.
Jesús, cansado por el viaje, se detiene a descansar en el pozo de Jacob. Y
ella, sin darse cuenta, cumple con la promesa del destino al acercarse al pozo.
Ella era la razón por la que Jesús debía pasar por Samaria (Juan 4:4) Ella se aproxima atravesando
el calor que sube de la tierra. Ella también está cansada, pero no por la jarra
que lleva sobre su cabeza, sino por el vacío que trae en su corazón. Perdió lo
más importante y sólo le queda la cáscara que la recubre. También perdió toda
la pasión que alguna vez corrió en ella. Su turbulenta y sacrificada vida la
debilitó y la envejeció.












